El Avemaría se llama salutación angélica porque comienza por las palabras con que el Arcángel San Gabriel saludó a la Virgen María.
Las palabras del Avemaría son: parte del Arcángel San Gabriel, parte de Santa Isabel y parte de la Iglesia.
Las palabras del Arcángel San Gabriel son: “Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres”.
El Ángel dijo estas palabras a María cuando fue a anunciarle de parte de Dios el misterio de la Encarnación que en Ella había de obrarse.
Saludamos a la Santísima Virgen con las palabras del Arcángel para alegrarnos con Ella de los singulares privilegios y dones que Dios le concedió con preferencia a todas las otras criaturas.
Las palabras de Santa Isabel son: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”.
Santa Isabel dijo estas palabras, inspirada por Dios, cuando, tres meses antes de dar a luz a San Juan Bautista, fue visitada por la Santísima Virgen, que llevaba ya en su seno a su divino Hijo.
Al decir estas palabras de Santa Isabel nos alegramos con María Santísima de su excelsa dignidad de Madre de Dios y bendecimos al Señor y le damos gracias por habernos dado a Jesucristo por medio de María.
Todas las otras palabras del Avemaría han sido añadidas por la Iglesia. Con ellas imploramos la protección de la Santísima Virgen en el transcurso de esta vida, y especialmente en la hora de nuestra muerte, en que será mayor nuestra necesidad.
Después del Padrenuestro recitamos el Avemaría con preferencia a otra oración, porque la Virgen Santísima es la más poderosa abogada junto a Jesucristo, y por esto, dicha la oración que Jesucristo nos enseñó, rogamos a la Santísima Virgen nos alcance las gracias que hemos pedido.
La Virgen Santísima es tan poderosa porque es Madre de Dios y es imposible no sea de Él atendida.
La devoción a María Santísima que la Iglesia recomienda de un modo especial es el rezo del Santo Rosario.
De la invocación de los santos
Es de grandísimo provecho rezar a los santos y ha de hacerlo todo cristiano. De un modo particular hemos de rezar al Ángel de nuestra Guarda; a San José, Patrón de la Iglesia; a los Santos Apóstoles, al santo de nuestro nombre y a los Santos Patronos de la diócesis y de la parroquia. Entre la oración que hacemos a Dios y la que hacemos a los santos hay esta diferencia: que rogamos a Dios para que, como autor de la gracia, nos otorgue los bienes y nos libere de los males, y rogamos a los santos para que, en calidad de abogados junto a Dios, intercedan por nosotros.

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